Horno Microondas, ¿Aliado o enemigo?

Las microondas hacen que las moléculas orgánicas vibren con gran energía. Este fenómeno produce rápidamente calor. El magnetrón se encarga de transformar la energía eléctrica que recibe el microondas a una frecuencia de 2.450 megahercios (2,4 gigahercios, sí, la misma que el WIFI pero a más potencia). Entre otros muchos estudios, Sarkar, Ali y Behari en 1994 comprobaron daños en el ADN de tejido testicular y cerebral de ratones irradiados con estas frecuencias. Este aparato se utiliza para calentar los alimentos con mucha concentración de agua, por eso, cuando se introduce en el horno microondas un vaso de cristal con agua, se calienta el agua mientras el cristal está frío, y el cristal se calienta más tarde por el contacto con el agua caliente.
Como aparato para calentar los alimentos, el microondas emite dos tipos de radiaciones mientras está en funcionamiento; por una parte, un campo magnético de extremada baja frecuencia y, por otro, de microondas, lo cual genera un alto factor de riesgo, especialmente para las personas que pasan mucho tiempo junto a él, caso de los trabajadores de bares y restaurantes.

Aunque los hornos microondas están obligados a llevar un apantallamiento para evitar las radiaciones de microondas sobre los usuarios, suelen darse fugas. Por lo que en caso de que se decida usar, es conveniente alejarse al máximo posible.

De cualquier forma, además de los riesgos de las

microondas sobre el usuario, está el efecto que esta radiación de alta frecuencia provoca sobre los alimentos. Distintos estudios indican que estos campos alteran las proteínas, rompen las vitaminas y las cadenas de aminoácidos, etc., lo que hace que el alimento se pueda considerar un alimento “muerto”, y que en ciertos alimentos como es el caso de la leche, algunas moléculas se recombinen generando compuestos que pueden ser tóxicos. Las investigaciones realizadas en la Unión Soviética desde 1957 durante más de 30 años en el Instituto de Radio Tecnología de Kinsk, en la Región Autónoma de Bielorusia y en el Instituto de Radio Tecnología en Rajasthan, en la Región Autónoma Rossiskaja, en las que se usaron distintos alimentos expuestos a la cocción por microondas para cocinar, descongela

 

r o calentar, concluyeron que se formaron carcinógenos en todos ellos: carnes, leche, granos de cereales, fruta congelada, vegetales crudos, cocidos y congelados. Y en general se produjo una disminución del valor nutricional: disminución de la biodisponibilidad del complejo de vitamina B, C y E, y minerales esenciales.

Entre los consumidores de estos alimentos irradiados con microondas, según la doctora Lee, se observan cambios en la química de la sangre y en el índice de ciertas enfermedades debido probablemente a:

 

  • Desórdenes linfáticos, que provocan una merma de la capacidad de prevenir ciertos tipos de cánceres.
  • Incremento en la formación de células cancerígenas en la sangre (sarcoma…).
  • Aumento de cánceres de estómago y de intestino.
  • Desórdenes digestivos y un deterioro gradual de los sistemas de eliminación.
  • Desestabilización e interrupción de la producción de hormonas.
  • Alteración de ondas cerebrales alfa, theta y delta, y pérdida de memoria, de la capacidad de concentración, etc.

Otros estudios científicos clínicos suizos, alemanes y e

 

stadounidenses llegaron a estas mismas conclusiones.

En el año 1989, la doctora Lita Lee de Hawai publicó en Lancet: “Dar microondas a fórmulas infantiles convirtió algunos aminoácidos de forma ‘trans’ en sus isómeros sintéticos de forma ‘cis’. Los isómeros sintéticos, sean aminoácidos de forma ‘cis’ o de forma ‘trans’, no son biológicamente activos. Más aún, uno de los aminoácidos, la L-prolina, se convirtió en su isómero-d, que es conocido por ser neurotóxico (tóxico para el sistema nervioso) y nefrotóxico (tóxico para los riñones). Ya es suficientemente malo que muchos niños no sean amamantados, encima ahora se les da leche falsa (fórmulas infantiles) que se vuelve más tóxica al calentarla con microondas”.

horno66201

 

 

Bibliografía:

De la Rosa Raúl. Enfermedad silenciada.

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