Investigación en altas frecuencias

Desde hace muchos años, hay miles de investigaciones de laboratorio y estudios epidemiológicos como para que los efectos nocivos de las microondas sobre los organismos expuestos estén meridianamente demostrados.

David Carpenter, doctor en medicina, investigador, electrofisiólogo y ex-decano de la Escuela de Salud Pública de Suny, en Albany, ha comprobado que existen más estudios sobre los bioefectos de las radiofrecuencias que sobre cualquier otro agente.

No existirían tantos estudios sobre las radiofrecuencias si los resultados no revelaran insistentemente que suponen un gran riesgo sanitario. La consistencia en las conclusiones de los estudios de los efectos de las radiofrecuencias indica claramente que éstas son peligrosas. En esta misma línea de demostración de los efectos de las radiofrecuencias de telefonía móvil, Henry Lay, investigador en toxicología de las radiofrecuencias, afirma que todos estos estudios son, como mínimo, consistentes en su demostración de efectos adversos.

“Consistente” es un término estadístico que significa que aunque las diferencias entre el grupo experimental y el de control no sean significativas, no obstante, siempre se dan en la misma dirección, aunque otras muchas investigaciones son estadísticamente significativas y altamente significativas, lo cual demuestra la existencia de riesgos elevados. Por lo tanto, la evidencia es voluminosa, y el volumen de estudios es el primer indicador del consenso entre los científicos de que algo es peligroso. Por eso, la irradiación de radiofrecuencias sobre poblaciones enteras y sobre todos los seres vivos es extremadamente imprudente y carente de garantías.

Sólo el Informe BioInitiative en 2007 recopiló las investigaciones científicas más relevantes en relación a los campos electromagnéticos y comprobó que los resultados eran preocupantes para las personas expuestas. La conclusión a la que se llegó en el 2007 fue que “los límites de seguridad pública son completamente inadecuados para proteger a la población y que los actuales estándares públicos de seguridad que limitan estos niveles de radiación en casi todos los países del mundo deben ser miles de veces más bajos”, y en el informe actualizado en 2012 se aseguraba que la situación era mucho peor de lo que se pensaba en 2007 y, lógicamente, hoy en día lo es aún más. El informe recoge estudios que muestran evidencia de muchos efectos y riesgos de los campos electromagnéticos:

  • Cáncer infantil (leucemia).
  • Efectos genéticos y proteínicos.
  • Efectos genotóxicos. Daños en el ADN.
  • Inducción de respuestas de estrés.
  • Efectos en la función inmunológica.
  • Efectos en el comportamiento y la neurología.
  • Alteración en la producción de melatonina.
  • Enfermedad de Alzheimer.
  • Cáncer de mama.

En cuanto a los tumores cerebrales y neuromas acústicos, el Informe BioInitiative atestigua que la población que ha utilizado un teléfono móvil durante 10 años o más tiene altas probabilidades de un tumor cerebral maligno y neuromas acústicos. Es peor si el teléfono móvil se ha utilizado principalmente en un solo lado de la cabeza. Asimismo se producen cambios en el sistema nervioso y en las funciones cerebrales. Las evidencias sugieren que bioefectos e impactos en la salud pueden y de hecho ocurren a mínimos niveles de exposición: niveles que pueden estar miles de veces por debajo de los límites públicos de seguridad. Hay pocas dudas sobre que los campos electromagnéticos emitidos por los teléfonos móviles y el uso de la telefonía móvil afecta a la actividad eléctrica del cerebro. En sus conclusiones el Informe BioInitiative indica que mantener el despliegue de las tecnologías inalámbricas es un riesgo probable, y que la investigación debe continuar, pero no debe impedir o retrasar cambios sustantivos hoy que puedan ahorrar dinero y vidas. Asimismo, plantea un límite de precaución de 100 nW/cm2 = 0,1 μW/cm2 (igual a 0,614 voltios por metro) para el exterior.

Desde hace más de sesenta años existe una amplia investigación que demuestra efectos patológicos en los organismos expuestos a campos electromagnéticos. Ya en 1948, en la clínica Mayo de Estados Unidos se constató que los perros expuestos a campos electromagnéticos padecían dichos efectos nocivos.

Como hemos visto, antes de que apareciera la telefonía móvil ya había un amplio bagaje de investigaciones científicas sobre microondas similares a los emitidos por antenas de telefonía móvil, en las que se evidencia que la población expuesta de forma continuada tiene un mayor riesgo de padecer determinados trastornos: abortos, daños en el ADN, cambios en la actividad eléctrica del cerebro, en la presión sanguínea, descenso de los niveles de melatonina, depresiones, insomnio, dolores de cabeza, síndrome de fatiga crónica, afección del sistema inmunológico, cáncer, tumores cerebrales y leucemia infantil.

Ya en el año 1990, el doctor Robert Becker apuntaba que: “Esta radiación considerada inicialmente segura está correlacionada con el aumento del cáncer, defectos de nacimiento, depresión, dificultad de aprendizaje, síndrome de fatiga crónica, enfermedad de Alzheimer y síndrome de muerte infantil repentina”, y afirma que: “Hay ahora demasiados derechos adquiridos industriales y políticos en el crecimiento y en los beneficios de la industria global de telecomunicación, que no tienen en cuenta el impacto de las enfermedades neurológicas y el cáncer”.

El gobierno británico alertado por los informes que relacionaban la telefonía móvil con efectos adversos para la salud de la población encargó en 1999, a través del Ministerio de Sanidad, Comercio e Industria, a un grupo de expertos compuesto por ingenieros, médicos, biólogos y otros profesionales que emitieran un informe en el cual se establecieran una serie de criterios para la instalación de antenas de telefonía móvil. El informe Stewart se publicó en mayo del año 2000 y entre sus conclusiones destaca que las evidencias científicas sugieren que podrían haber efectos biológicos de exposiciones a radiofrecuencia por debajo de las recomendaciones del NRPB, siglas de National Radiological Protection Board (Consejo Nacional de Protección Radiológica), y de la ICNIRP, siglas de International Commission on Non-Ionizing Radiation Protection (Comisión Internacional de Protección de las Radiaciones No-Ionizantes).

Ya en aquellos años, este informe desaconsejaba que las estaciones base dirigiesen sus antenas hacia colegios y otros lugares sensibles, y proponía medidas de precaución y un control sobre las características de las estaciones base, así como evitar exposiciones innecesarias, tanto de la radiación de las estaciones base como de los teléfonos móviles.

Este informe reconoce la posibilidad de efectos atérmicos negativos para la salud por causa tanto de los teléfonos móviles como de las antenas base. En su resumen de conclusiones indica que: “Ahora existe evidencia científica que sugiere que pueden producirse efectos biológicos por exposiciones por debajo de estos valores de referencia (los de la ICNIRP, que son similares a los vigentes en nuestro país). Y por lo tanto concluimos que hoy en día no es posible decir que la exposición a radiofrecuencias, aunque sean inferiores a los valores nacionales (los de la ICNIRP) está desprovista totalmente de efectos adversos para la salud, que el conocimiento que tenemos de indicios justifica la aplicación de un Principio de Cautela”.

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“La enfermedad silenciada” Raúl de la Rosa.
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